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  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 2 Min. de lectura

Crónicas sobre la pobreza y el encierro. Conversaciones con adolescentes en reclusión.




G sale de su dormitorio y camina hacia mí apenas asomando los ojos envuelto en una manta sucia y deshilada. Me saluda con un agresivo apretón de mano. Le señalo una banca al final de patio, lejos de los guardias, y caminamos en silencio en busca de un lugar cómodo para sentarnos a platicar. Está tenso, con la mirada ausente y la atención distante.


G apenas llega a los 20 años y ya ha asesinado a más de 5 personas. Ha habido cambios en el reclusorio y le pregunto si quiere seguir tomando clases conmigo, sigue sin verme a los ojos y me responde entre dientes: “¿para qué?”


Me doy cuenta de que se ha hecho una nueva charrasca (tres cortes profundos), llevo la cuenta desde hace un año que lo conozco y ésta es la décima. Cuando se hizo las últimas dos gozaba de atormentarme enseñándome las heridas abiertas, él sabe que no soporto ver sus heridas pero ahora cuida que yo no las vea. Me dice, “no quiero que te sientas mal”, y las cubre con la manta.


Yo:  ¿Por qué te haces esto?


G:    Para recordarme todos los días lo que soy


Yo:  ¿Y qué eres?


G.:   Un criminal


Yo:  Yo veo a un hombre con mucho dolor


G:    A mí ya no me duelen los cortes


Yo:  No me refiero a tu piel, hablo de ti


G.:   Te acostumbras


Yo:   ¿A qué te acostumbraste?


G:    A la soledad, al abandono, al ruido de las rejas que se abren y se cierran, a las culeradas de los guardias, a la mierda…


Se calla unos segundos y me mira finalmente a los ojos para decirme: “la clave del éxito en la pobreza es la resistencia”.


 
 
 
  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 19 may 2020



La primera vez que entré al Centro,

la primera revisión,

la primera vez que crucé la reja,

la primera plática que tuve con ellos,

el primer golpe de adrenalina que experimenté cuando sucedió algo tonto pero inesperado,

la primera vez que tuve miedo y no me atreví a decirlo,

la primera historia de vida que me contaron,

la primera broma tonta que en verdad me hizo reír,

la primera vez que el guardia * sonrió,

el primer “no se vayan”,

el primer “y tú cómo te llamas”,

la primera sonrisa tierna en el rostro de un multihomicida,

la primera vez que no me quise ir,

la primera vez que no tuve miedo,

la primera vez que todos fuimos aves sin tener a donde ir,

la primera vez que ellos fueron yo y yo fui ellos,

la primera vez que del peligro surgió la salvación.



 
 
 
  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 2 Min. de lectura


Los jóvenes mexicanos viven en el abismo. Estadísticamente es el sector de la población más olvidado y alienado por la sociedad mexicana. Los prejuicios contra ellos transitan desde presumir que por el hecho de ser jóvenes son vándalos o carecen de consciencia de sí mismos o social o, bien, que por ser jóvenes no saben lo que quieren y, por tanto, tienden a tomar siempre el camino equivocado.

Toda mi vida laboral la he desarrollado a lado de jóvenes universitarios y, particularmente, durante los dos últimos años he participado en actividades educativas y culturales con adolescentes y jóvenes en prisión. El acercamiento con estos jóvenes me ha permitido descubrir junto con ellos la marginalidad en que la juventud ha tenido que sobrevivir en una sociedad que no ha sido capaz de entender la valiosa fuerza social que este grupo representa para nuestro país.

La desesperanza, la soledad, la falta de sueños y expectativas inundan la cabeza y el corazón de cada uno de los jóvenes de la prisión. La constante ha sido, sin duda, el abandono. Jóvenes que se han visto forzados a descubrir e inventar nuevas y muy violentas maneras de integrarse a sus propias familias y, por tanto, a la sociedad. Jóvenes que viven en el auto flagelo en búsqueda de una identidad digna.

Cada vez que un joven es violentado, agredido o desaparecido, sin importar la manera en que éste se conduzca ante la sociedad, el espíritu colectivo se corrompe, se denigra la paz social y se empobrece la libertad de todos. La posibilidad de construir un México en el que los jóvenes contribuyan genuinamente a la conformación de un estado social promisorio no sólo para ellos sino para todos los habitantes de este país, se ve brutalmente aniquilada. La energía y el potencial de los jóvenes se pierde en un abismo existencial en el que ninguna idea se queda, ninguna acción adquiere forma, ningún sueño se edifica.

Urge hacer una pausa en nuestra vida y voltear la mirada hacia la juventud. Urge que nos comprometamos con su presente y su futuro. Urge que nos solidaricemos con sus sueños, y también con sus miedos y esperanzas. Urge que recordemos que algún día fuimos jóvenes y soñamos con un futuro en el que caminar por las calles de este país nos permitiría encontrar el amor, la belleza, la realización y,  sin duda, la libertad.

Sin una juventud libre de prisión, violencia y agresiones más nos valdría desaparecer a todos.


 
 
 
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© 2020 by Claudia Alarcón Z.  

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