- claudiaalarcon13
- 24 jul
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Por Claudia Alarcón
El cuidado ha emergido en las últimas décadas como una categoría central para comprender las dinámicas de reproducción social, las desigualdades de género y las formas de organización comunitaria en América Latina. En México, esta problemática ha cobrado particular relevancia a partir de dos fenómenos aparentemente inconexos pero profundamente relacionados: la implementación del Sistema Nacional de Cuidados y la discusión de su marco legal en el Congreso. Por otro lado, encontrarmos distintos espacios en donde persisten condiciones de vida extremas como son los centros penitenciarios, en donde las prácticas de cuidado emergen como estrategias de supervivencia frente a una justicia tradicionalmente punitiva.
Este ensayo propone una lectura articulada de ambos escenarios, explorando las tensiones entre el cuidado como práctica social y como objeto de política pública, entre la medición estadística y la experiencia encarnada, entre la promesa de un Estado que cuida y la realidad de un sistema de justicia que castiga y segrega. Lejos de considerarlos mundos separados, sostengo que el análisis del cuidado en contextos de encierro y en el ámbito doméstico, tal como lo intenta capturar la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), revela dimensiones estructurales de la desigualdad mexicana las cuales exigen una reflexión profunda sobre el papel del Estado, las comunidades y los sujetos en la reproducción y organización de la vida.
El cuidado como práctica social: fuera de la economía doméstica
La noción de "circuitos de cuidado", desarrollada por Nadya A. Guimarães y Helena Hirata en su análisis de la realidad latinoamericana, constituye un aporte fundamental para comprender cómo se organiza socialmente el sostenimiento de la vida. Estos circuitos son redes socioafectivas y materiales que movilizan recursos, personas, afectos y tiempos para cuidar a quienes requieren apoyo. Las autoras identifican tres tipos ideales que dan vida a estos circuitos: la profesionalización, la obligación y la ayuda. Y destacan el carácter comunitario que en muchas ocasiones asume el cuidado en contextos de debilidad institucional.
Esta perspectiva resulta particularmente interesante para analizar espacios que tradicionalmente han sido concebidos como antípodas del cuidado. Es decir, ¿cómo pensar el derecho al cuidado, desglosado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en las dimensiones de ser cuidado, cuidar y autocuidado, en contextos de privación de la libertad, diseñados históricamente para castigar y no para cuidar? La propuesta de reconocer los centros penitenciarios como "comunidades de cuidado" que se interconectan con la vida en libertad contraviene una lógica jurídica que, como señala Matthew Altman, ha colocado al castigo como recurso imprescindible para sostener la vida comunitaria.
Sin embargo, la realidad carcelaria mexicana ofrece evidencia contundente de que el cuidado no es una excepción en algunos espacios, sino una manifestación estructural de lugares donde la premisa organizacional y normativa es punitiva y aceptablemente precarizada. Madres que crían a sus hijos en centros femeniles, monitores que cuidan a personas en fase terminal o en crisis de salud mental, módulos LGBTTTIQA+ que funcionan como espacios de protección mutua, mujeres que cuidan y mantienen a sus familiares privados de libertad durante décadas. Estas no son anomalías, sino la expresión de circuitos comunitarios de cuidado que emergen para llenar los vacíos de un sistema penitenciario crónicamente deficitario.
La literatura especializada que recoge experiencias de cuidado en barrios populares y territorios excluidos caracteriza el cuidado en lo comunitario como un conjunto de prácticas heterogéneas cuyos confines no siempre son claros. En ocasiones remiten a procesos autogestivos basados en la afinidad y la elección, a veces son prolongación de la familia extensa, en otras se entrelazan con servicios del Estado o de organizaciones particulares. Esta descripción resulta sorprendentemente adecuada para describir la vida en las prisiones mexicanas, donde el cuidado comunitario surge de colectividades presenciales que, en muchos casos, se convierten en un recurso para romper el aislamiento, generar apoyos y actuar políticamente.
Ahora bien, es crucial no idealizar esta capacidad comunitaria, tal como advierten Guimarães y Hirata, en sociedades donde las formas de protección social de los Estados de Bienestar no existieron o se desarrollaron de forma restringida, el cuidado comunitario emerge más como una necesidad impuesta por la ausencia estatal que como una expresión libre de solidaridad. En la cárcel, esta advertencia se torna ejemplar: los circuitos de cuidado existen no porque el sistema penitenciario los haya diseñado, sino a pesar de él y como respuesta a sus déficits crónicos. Son, en muchos casos, un recurso emergente e improvisado de auténtica supervivencia cotidiana.
La fragilidad de los circuitos: desigualdad y vulnerabilidad
Un segundo aporte central de los estudios del cuidado es la atención a las desigualdades que atraviesan estos circuitos. La perspectiva interseccional que incorpora la raza, etnia, edad, identidad sexogenérica y la clase resulta indispensable para comprender cómo se distribuyen las cargas y responsabilidades del cuidado, quiénes cuidan, en qué condiciones y con qué reconocimiento. En prisión, estas distinciones se agudizan. ¿Quiénes son las personas que visitan a las personas privadas de libertad? ¿Bajo qué condiciones realizan ese acompañamiento sistemático? Y, en este contexto, ¿qué ocurre con las personas privadas de libertad que ya no cuentan con ningún vínculo socioafectivo afuera?
El análisis de la "organización social del cuidado" en América Latina subraya que las políticas sociales en la región tienen una naturaleza distinta de la que se instituyó en las experiencias europeas, siendo “menos monolíticas y más fragmentarias, frágiles y reversibles". Esta fragilidad caracteriza también los circuitos de cuidado penitenciarios. Las visitas familiares, el envío de medicamentos y alimentos, el acompañamiento emocional de organizaciones civiles: todos estos circuitos externos dependen de que las familias tengan recursos económicos, tiempo y posibilidades de desplazamiento. Cuando estos vínculos se rompen, ya sea por pobreza o precariedad, por distancia geográfica o por desintegración familiar, los circuitos se tensan hasta el punto de ruptura, dejando a las personas privadas de libertad en una situación de desamparo absoluto.
El riesgo aquí no es solo que el cuidado comunitario se convierta en una forma encubierta de trabajo no remunerado, naturalizado e invisibilizado, sino que sirve para eximir al Estado de responsabilidad. Cuando el sistema penal construye y fortalece políticas punitivas bajo la óptica del sostenimiento de la vida comunitaria, la existencia de circuitos de cuidado no estatales puede operar como una coartada para el abandono institucional.
Medir para reconocer: la ENUT y sus límites
Paralelamente al análisis de los circuitos de cuidado en espacios extremos, el ámbito de la política pública ha desarrollado instrumentos para visibilizar el trabajo no remunerado en el hogar. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), levantada por el INEGI, se ha consolidado como la principal fuente de datos para cuantificar el tiempo dedicado a tareas domésticas y de cuidado, actividades sistemáticamente excluidas de las mediciones económicas tradicionales como el Producto Interno Bruto (PIB).
La principal fortaleza de la ENUT radica en su capacidad para hacer visible el "trabajo invisible". Al desagregar las actividades diarias, permite reconocer el valor económico y social de este trabajo, un primer paso esencial para su inclusión en la agenda pública. Además, la evolución metodológica de la encuesta, especialmente la alineación con la Clasificación Internacional de Actividades para Estadísticas de Uso del Tiempo (ICATUS 2016), ha permitido mejorar la captación del cuidado pasivo o de supervisión y ha incluido dimensiones novedosas como el cuidado emocional. Este esfuerzo por homologar criterios con estándares globales mejora la calidad de los datos nacionales y permite la comparabilidad internacional.
Los datos de la ENUT han sido fundamentales para mostrar la feminización del trabajo de cuidados y para visibilizar fenómenos críticos como la carga de cuidado en la población infantil y adolescente. Estudios recientes revelan que en México, a diferencia de otros países de la región, el 18.8% de los adolescentes de 12 a 18 años participan en tareas de cuidado, una cifra que evidencia la magnitud de la corresponsabilidad social fallida y la necesidad de servicios de apoyo. Sin este tipo de datos, la implementación de políticas como la expansión de guarderías o el apoyo a cuidadores de adultos mayores carecería de un diagnóstico territorial y demográfico sólido.
Sin embargo, a pesar de estos avances, la medición de los cuidados a través de encuestas de uso del tiempo enfrenta retos sustanciales. La debilidad más crítica es la subestimación del “cuidado de supervisión” el cual ha sido definido como estar "disponible y en estrecha proximidad" para proveer cuidado si surge la necesidad. Esta actividad a menudo no es reportada por las personas encuestadas porque no la perciben como una actividad en sí misma, sino como un estado o una responsabilidad de fondo. El simple hecho de añadir una categoría en el cuestionario no resuelve el problema de raíz. Aunque México reporta niveles más altos de cuidado de supervisión que otros países, persiste un "déficit" de captación, se registra menos tiempo del que realmente se dedica.
En estrecha relación con lo anterior, se encuentra la dificultad para captar la simultaneidad de actividades. Los cuidados, en particular de niños y niñas, rara vez ocurren de forma exclusiva. Una mujer puede estar cocinando mientras supervisa a un niño que juega o ayuda a otro con la tarea. Los diseños tradicionales de la ENUT tienden a "perder" esas actividades secundarias porque fuerzan a los encuestados a elegir una actividad principal. Aunque existen intentos por medir la simultaneidad, los especialistas recomiendan seguir experimentando con métodos de diario o baterías de preguntas específicas que permitan "desdoblar" esas horas para reflejar la intensidad real del trabajo de cuidado.
Otra debilidad importante es el desafío de equilibrar profundidad con carga de respuesta y la falta de desagregación en poblaciones clave. Para captar con detalle los cuidados, los cuestionarios tienden a ser largos y complejos. Esto lleva a que, en ocasiones, se utilicen módulos reducidos en otras encuestas que captan menos actividades específicas. Además, aunque los datos generales existen, el diseño de políticas requiere datos con alta desagregación geográfica y poblacional: hogares indígenas, afrodescendientes, personas con discapacidad. Si bien las versiones recientes han incorporado variables sobre afrodescendencia y discapacidad, la muestra a veces no es suficiente para hacer inferencias estadísticamente significativas a nivel local, limitando la focalización del gasto público.
La paradoja del Estado: ausencia y presencia simultánea
Los dos campos de análisis, el de los circuitos de cuidado en espacios de encierro y el de la medición del trabajo no remunerado, convergen en una constatación inquietante: el Estado mexicano se caracteriza por una doble ausencia. No solo no provee cuidado en muchos espacios, sino que tampoco logra verlo plenamente cuando intenta medirlo. Y esta debilidad impacta significativamente en la vida de cualquier persona vinculda con el sistema penitenciario, si consideramos que cuando un miembro de la familia ingresa al sistema la familia debe hacer una reorganización de sus dinámicas familiares y sociales, incluidas las de cuidado.
En la cárcel, como se ha señalado, el cuidado emerge a pesar del Estado y como respuesta a sus déficits crónicos. La "crisis del cuidado" en el contexto penitenciario no apunta a que alguna vez hubo un orden cuidado que ahora se desmorona, sino a una verdad cruda: en los centros penitenciarios mexicanos, el cuidado no puede ser un referente a considerar para la vida en el encierro, pues el derecho penal ha dejado claro que lo que sostiene la vida comunitaria es el castigo, no el bienestar, menos aún, el cuidado. Las cárceles están hechas para castigar, no para cuidar. Sin embargo, siempre han existido circuitos comunitarios de cuidado como respuesta de personas que se niegan a dejar morir al Otro.
En el ámbito doméstico, el trabajo de cuidados no es invisible solo porque las encuestas no lo capturen adecuadamente, sino porque el orden de género y la organización capitalista del trabajo lo han naturalizado y subalternizado. La ENUT, a pesar de sus avances, subestima el cuidado de supervisión y la simultaneidad de actividades, y adolece de una desagregación insuficiente para captar las realidades diferenciadas de poblaciones indígenas, afrodescendientes o en situación de discapacidad. En otras palabras, el Estado no solo no llega a proveer cuidado en muchos espacios, sino que tampoco ha logrado medirlo plena y objetivamente.
Esta doble ausencia no es casual, revela una característica estructural del Estado mexicano, el cual ha sido históricamente más eficaz en la gestión punitiva de la pobreza y la desigualdad que en la provisión de bienestar y cuidados. La tradición jurídica-penal que concibe el castigo como sostén de la vida comunitaria se extiende, de manera sutil pero persistente, a otras áreas de la política social. El cuidado, en esta lógica, es un asunto privado, familiar y femenino. El castigo, en cambio, es un asunto público, estatal, legítimo y sosten del sistema de justicia.
La interseccionalidad y el cuidado penitenciario
Tanto el análisis de los circuitos de cuidado penitenciarios como el de la medición del trabajo doméstico requieren una perspectiva interseccional que permita comprender cómo operan las múltiples desigualdades en la organización social del cuidado. En prisión, el cruce entre género, clase y racialización determina quiénes cuidan, en qué condiciones y con qué recursos. ¿Quiénes son las madres que crían a sus hijos en centros femeniles? ¿Qué lugar ocupan las mujeres indígenas o afrodescendientes en las dinámicas sociales asociadas con el sistema de justicia penal y el penitenciario? ¿Qué ocurre con las personas con discapacidad o con problemas de salud mental dentro de estos espacios?
En el ámbito de la medición, el desafío no es solo desagregar los datos, sino preguntarse cómo las categorías mismas de la encuesta, diseñadas desde una perspectiva urbana y centrada en el hogar nuclear, pueden no ser idóneas para captar las formas comunitarias y extendidas de cuidado de la vida penitenciaria con sus vínculos externos. La interseccionalidad no es un añadido, es una dimensión constitutiva del problema, sin la cual cualquier política de cuidados corre el riesgo de reproducir las desigualdades que pretende combatir.
Implicaciones para el Sistema Nacional de Cuidados
Las fortalezas y debilidades señaladas tienen implicaciones directas en el diseño del Sistema Nacional de Cuidados. Por un lado, las ENUT son indispensables para reconocer la magnitud de la crisis de cuidados y para cuantificar las necesidades de la población. Los datos sobre niños cuidadores o sobre el tiempo que las mujeres dedican al trabajo no remunerado, que duplica o triplica al de los hombres, son la base sobre la cual se justifica la inversión pública en infraestructura de cuidados.
Por otro lado, las debilidades metodológicas implican riesgos en la planificación operativa, si el Sistema de Cuidados se diseñara basándose únicamente en las horas de cuidado activo reportadas, ignorando las horas de supervisión o simultaneidad, se subdimensionaría la necesidad real de servicios como estancias infantiles o centros de día para adultos mayores. Un padre o madre no solo necesita que cuiden activamente a su hijo mientras trabaja, sino también estar libre de la carga de la responsabilidad de estar al pendiente. Una encuesta que no mida bien esta última podría concluir que con cuatro o cinco horas de guardería es suficiente, cuando la realidad señala una demanda de cobertura de jornada completa.
Por su parte, la experiencia de los circuitos de cuidado en espacios de encierro sugiere que el Sistema Nacional de Cuidados no puede limitarse a proveer servicios institucionales, sino que debe reconocer y fortalecer las redes comunitarias existentes. El Estado mexicano, como actor social clave e ineludible, no puede limitarse a "reconocer" estos circuitos, tiene la obligación de garantizar que nadie quede por fuera de ellos, y de proveer cuidado institucional allí donde las redes comunitarias, por más solidarias que sean, no alcanzan para combatir la desigualdad e injusticia social.
Hacia una epistemología del cuidado para los espacios penitenciarios
El análisis conjunto de los circuitos de cuidado en espacios penitenciarios y los instrumentos de medición del trabajo doméstico sugiere la necesidad de una epistemología del cuidado: un modo de conocer que no reduzca el cuidado a un objeto mensurable ni lo idealice como una práctica comunitaria autónoma, sino que lo aborde en su complejidad material, simbólica y política. Esta epistemología requeriría, al menos, tres movimientos.
En primer lugar, se requiere reconocer que el cuidado es un trabajo, es decir, implica esfuerzo, tiempo y recursos, y no solo un buen afecto o una disposición moral. El cuidado produce y sostiene la vida, y esta producción tiene un costo que no puede ser naturalizado o dado por hecho a partir de los vínculos afectivos o consanguíneos. Es así que, en la cárcel, las prácticas de cuidado mutuo no son un lujo ni una desviación de la función punitiva, sino un recurso para la "producción del vivir en sociedad" que, con miras a un proceso de reinserción social, debería priorizarse.
En segundo lugar, es necesario comprender que el cuidado está atravesado por relaciones de poder de género, clase, raza, edad, etc., que determinan quién cuida, a quién, en qué condiciones, con qué recursos y con qué reconocimiento. El derecho a cuidar implica reconocer estas relaciones y trabajar para transformarlas. En prisión, las madres que crían a sus hijos, los monitores que acompañan a enfermos, los compañeros que sostienen emocionalmente a quienes están en riesgo de autolesión: todos ellos están ejerciendo ese trabajo relacional que produce vida social incluso en condiciones emergentes y extremas de encierro.
Por último, hay que asumir que el cuidado es un derecho y una responsabilidad colectiva, es decir, un acto de corresponsabilidad, no solo una obligación individual o familiar. El derecho a ser cuidado, en prisión, no puede limitarse a la asistencia institucional que el Estado está en condiciones de proveer, que con frecuencia es escasa o nula, sino que debe incluir la garantía de que los circuitos comunitarios existentes no sean obstaculizados. El derecho al autocuidado, por su parte, encuentra en los módulos LGBTTTIQA+ un ejemplo de lo que Joan Tronto denomina “una ética del cuidado que trasciende lo meramente individual y se expresa en formas de organización colectiva que protege a quienes comparten situaciones de vulnerabilidad específica”.
Pautas para un futuro cuidado
A manera de conclusión, actualmente, el cuidado en México es un territorio de tensiones y paradojas. En los espacios de encierro emerge como práctica de supervivencia en un escenario diseñado y normado por la lógica del castigo que reproduce desigualdades sociales. Colocar al cuidado dentro de los espacios y las dinámicas de los centros penitenciarios demanda que las encuestas de uso del tiempo incorporen categorías que capturen las realidad que viven las personas que sostienen los circuitos de cuidado asociados a la cárcel, fuera y dentro de ella. Para ello, es crucial adaptar el uso de diarios de tiempo en submuestras para mejorar la captación del cuidado pasivo y las actividades secundarias de las personas asociadas con el sistema penitenciario. No basta con recopilar datos, se deben impulsar más estudios que crucen la ENUT con otras encuestas, ingresos, salud, demografía, para medir la pobreza de tiempo y la efectividad de los programas de cuidados y el sistema de justicia.
En el plano político, el Sistema Nacional de Cuidados no puede ser solo un conjunto de servicios institucionales, sino que debe articularse con los circuitos comunitarios de cuidado que ya existen, reconociéndolos, fortaleciéndolos y asegurando que no operen como coartada para el abandono estatal. La corresponsabilidad entre Estado, comunidades y familias es un horizonte necesario, pero también es un campo de disputa sobre quién asume qué responsabilidades, y en el sistema penitenciario esta organización es todavía muy poco clara. En el plano epistemológico, el desafío es construir modos de conceptualizar el cuidado que integren la dimensión cuantitativa y la cualitativa, la medición macro y la experiencia micro, la perspectiva de género y la interseccionalidad. Solo así podremos superar las cegueras que han caracterizado tanto a las políticas públicas como a las teorías sociales en este campo.
En última instancia, lo que está en juego es la pregunta por el tipo de sociedad que queremos construir, vivir y sostener, ¿una sociedad donde el cuidado sea un derecho garantizado para todas las personas o un trabajo invisibilizado, feminizado y precarizado?, ¿una sociedad donde el castigo sea el recurso principal para gestionar la conflictividad social o donde la reproducción y el sostenimiento sanos de la vida sean el centro de la organización social?
Referencias
• Altman, Matthew (2023). "Introduction: Punishment, Its Meaning and Justification". En The Palgrave Handbook on the Philosophy of Punishment.
• Guimarães, N. A. y Hirata, H. (2025). "O cuidado como conceito e experiencia social: trajetória de um campo". En Luana Pinheiro et al (orgs.), Participacao social na Política de Cuidados no Brasil. Brasília: Ed. UnB.
• INEGI. Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT). Varios años.
• Kergoat, D. (2016). "Le care et l'imbrication des rapports sociaux". En Araujo Guimaraes, N.; Maruani, M.; Sorj, B. Genre, race, classe. Travailler en France et au Brésil. Paris: L'Harmatan.
• Tronto, J. (1993). Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. Routledge.
• Vega, Martínez y Paredes (2018). "Introducción. Experiencias, ámbitos y vínculos cooperativos para el sostenimiento de la vida". En Cuidado, comunidad y común. Experiencias cooperativas en el sostenimiento de la vida. Traficantes de Sueños.