• claudiaalarcon13

Actualizado: 26 jul


Cuando un hombre cae solo en un campo

no sabe a quién dedicar la caída.


Clarice Lispector


Cada sábado, desde hace ya un año, me levanto temprano, me baño y pienso detenidamente en la ropa que voy a usar ese día. Los colores oscuros y los grises están prohibidos, las faldas es mejor evitarlas para no tener conflicto al ingresar al Centro—aunque lo cierto es que desde hace años el exceso de acoso callejero me hizo perder el gusto por vestir otra cosa que no sea pantalón y playeras o sudaderas holgadas—. Apenas me da tiempo de tomarme un café y me dirijo, siempre pensativa, al Centro de atención especializada para adolescentes.


Para este taller, se han unido dos personas más. Dos personas generosas, Elena y Agustín, con las que he unido energía y convicción para poner en marcha este trabajo con los adolescentes recluidos. Ingresamos al Centro, cruzamos el bunker, nos identificamos con los custodios, siempre les saludo de manera entusiasta y con una leve pero amable sonrisa con la que intento suavizar la hostilidad y la desconfianza que les genera cualquier persona ajena a la organización. Cruzamos el pasillo para llegar a la aduana en donde la hostilidad no cesa, el protocolo de ingreso es lento y minucioso, a pesar de que nos conocen después de un número importante de visitas, el trato siempre es impersonal y distante. Las y los custodios hacen su trabajo, y no mostrar ningún gesto cálido o humano hacia los visitantes es parte de su trabajo.


Nunca estamos seguros con cuántos jóvenes trabajaremos, incluso nunca estamos seguros de que alguno de ellos se presente al taller. Por tercera vez, nos registramos, un filtro más para ingresar finalmente al patio y al área de trabajo. Cruzamos un patio con una cancha de básquetbol, siempre hay ropa tendida al sol, los sábados son días de aseo en el Centro, así que es el día que los jóvenes lavan su ropa personal y de cama. Entramos al aula de trabajo, nos esperan unas enormes bancas de concreto frías y fijas al suelo. En los Centros de reclusión todo está fijo a la tierra, los movimientos de la gente son siempre pausados, un movimiento rápido siempre es una señal de alerta, las miradas son siempre escudriñadoras.


Mientras espero a que bajen, me gusta observar el patio a través de la ventana resistente a golpes y al fuego. He imaginado muchas veces cómo será estar en ese lugar de noche, de madrugada. Los jóvenes siempre hablan de lo complicado que es dormir en ese sitio. Están los que sufren insomnio por pensar constantemente en su delito, en las cuentas que dejaron pendientes afuera, en sus hijos e hijas pequeños, en sus madres enfermas, en sus parejas que los visitarán al día siguiente, en un futuro que tiene forma de pesadilla. En ese contexto, nosotros hacemos todo lo posible por que cada sábado alguno de ellos se sienta interesado y motivado en bajar a trabajar con nosotros. Por fortuna, siempre hay alguien que quiere conversar con nosotros tanto como nosotros con ellos.


Y, entonces, empieza la sesión, cada joven con su tono de voz y estilo de habla, con su forma de mirar el mundo y la vida, hay que saber leer sus gestos y posturas corporales para que la conversación no se convierta nunca en una amenaza para ellos. No hay que forzar ni exigir, hay que dialogar, construir un momento especial entre todos. Ninguna historia se parece a otra y aunque hay eventos parecidos en sus historias de vida, el sufrimiento nunca es el mismo, nada es igual. Nunca faltan las risas, los relatos graciosos o las reacciones chuscas e ingenuas, pero, entre todo eso, siempre llegamos al mismo lugar: una infancia difícil, marginal, violenta, sin cuidados ni respeto, solitaria y dolorosa, pero, sobre todo, una infancia que estorbaba para sobrevivir y sobreponerse a la cotidianidad familiar. Había prisa por crecer.


Es a partir de conocer y vivir de cerca estas experiencias que, desde hace tiempo, dejé de pensar que la violencia es un fenómeno de la calle, que no se trata de un monstruo suelto al que hay que domar o combatir, que la violencia no es un ente que vive fuera de mí o de nosotros. La violencia está encarnada en nuestros cuerpos, se ha adherido a nuestras células, a nuestras mentes, a nuestros pensamientos, a nuestras emociones más inmediatas, a nuestra forma de pensar o no pensar el futuro. Llevamos la violencia en el cuerpo, así también llevamos el miedo y el dolor por todo lo que hemos perdido como sociedad. Queremos a los culpables de esas pérdidas en la cárcel y estamos convencidos de que la culpa de que nuestra sociedad esté como esté es de ese joven que se unió al crimen organizado, de ese que decidió ser sicario o narcomenudista, de ese que decidió ser un ladrón o de aquel que decidió dejar la escuela para dedicarse a consumir drogas.


Decidimos hacer responsables de nuestra vida a jóvenes que tienen prisa de crecer, de ser adultos, de lanzarse a la vida pública, de hallar espacios que los acojan con todos sus deseos y carencias. No obstante, lo que encuentran al dejar la casa de la que huyen es una sociedad profundamente hostil, cruel y discriminatoria. Lo cierto es que estos jóvenes hace mucho tiempo que aprendieron que no tienen nada que perder porque el país y la sociedad no les ofrece nada que ganar.


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Un hombre a quien no conocía

aparece en los diarios de todo el país.

Está tirado en la calle.

Tiene el cuerpo perforado:

Ahora todos lo conocemos.


Carmen Berenguer




He pensado y estudiado el punitivismo y el estigma, a veces de manera directa y otras de forma subyacente, desde dos prácticas puntuales: la académica y el activismo social, aunque a esta última me gusta más llamarla “comunitarismo” -en contextos complejos, a veces, es necesario nombrar o renombrar desde la experiencia personal-. En el marco académico, me interesa entender la experiencia homicida y la experiencia carcelaria a partir del afecto y la emocionalidad mediante los cuales hacemos conceptualizaciones del mundo sobre y desde nuestra trayectoria de vida. Conceptualizaciones que se construyen de manera situada dentro de una realidad social que favorece que un número importante de jóvenes se relacione con acciones delictivas graves y crezca en contextos en donde sus relaciones y sus interacciones se nutren de prácticas, dinámicas y hábitos de forma y contenido estructural y simbólicamente violentos.


En lo que se refiere a la experiencia homicida me interesa, puntualmente, lo que hay detrás (fenomenológicamente) y antes (biográficamente) de un homicidio cometido por un joven antes de los 20 años de edad. Es decir, un homicidio no es sólo un homicidio. Sobre la experiencia carcelaria, me he concentrado en observar y conocer la vida carcelaria, incluida su estructura punitiva, excluyente, y segregatoria pero que, al mismo tiempo, divulga la promesa de una “transformación” del sujeto y de segundas oportunidades bajo la etiqueta de Reinserción social. Para esto he desarrollado distintas estrategias de aproximación e interacción con jóvenes en espacios de reclusión. Durante los últimos 6 años, he visitado semana a semana (con excepción de algunos meses durante la pandemia) centros en donde viven recluidos jóvenes que enfrentan y deben rendir cuentas ante al aparato de justicia del Estado. Es en el marco de estos procesos que me he centrado en estudiar, entender y construir un modelo de trabajo que sitúa al joven también como víctima a priori del sistema al que debe enfrentar.


En mi trabajo como comunitarista, mi objetivo paraguas es el desarrollo, construcción e instrumentación de procesos de justicia restaurativa en los que hago partícipes a los jóvenes bajo un principio de racionalidad práctica con base en la experiencia vivida bajo tres esquemas: la justicia restaurativa proactiva, reactiva y creativa –un proyecto encaminado a hacer de la justicia restaurativa un movimiento social—. Cabe destacar que la justicia restaurativa en México no ha logrado superar el principio retributivo y de proporcionalidad de la pena, de ahí que muchas veces se vea como insuficiente, es decir, mantiene el principio economicista de la justicia penal.


Como premisa rectora para este trabajo que realizo cada semana con los jóvenes parto de un principio fáctico: cada joven posee una forma propia de pensar y sentir el mundo. Desde hace 6 años que empecé a trabajar con los jóvenes en reclusión he tenido oportunidad de convivir con muchos jóvenes que aunque han cometido una forma de delito similar y, en algunos casos comparten escenarios y contextos familiares y sociales, cada uno construye mecanismos distintos de expresión y representación sobre sí mismo, sobre su contexto y sobre sus formas de interacción social.


Sin embargo, se trata de un principio de diferenciación subjetiva que queda desdibujado por la lógica de la justicia penal que insiste en consolidar mecanismos de estigmatización que ven al joven como “un problema social” en lugar de como “un joven forzado a enfrentar problemáticas producto de violencias y conflictos estructurales”. No obstante, es evidente que ésta, la justicia penal, ha sido rebasada por una realidad que deja al descubierto la incapacidad y falta de atención del Estado sobre una población juvenil que adquiere la condición de población excedente en tanto que esta no es capaz, al no contar con condiciones reales ni posibles, de contribuir a un sistema que conceptualiza a sus jóvenes bajo una lógica universal de productividad (económica) y que, si lo hacen, suele ser bajo renuncia de su identidad, libertad y futuro. Tal como hemos escuchado en los muchos testimonios de jóvenes involucrados con la delincuencia organizada o con grupos delictivos que cada vez es más frecuente conocer dentro y fuera de la academia.


El sistema penal juvenil requiere un análisis y revisión críticas basados en este principio de diferenciación. Una revisión que contribuya a la construcción de un sistema de justicia, que aporte a la edificación y sostenimiento de formas y mecanismos justos y equilibrados de convivencia y de estructuras de poder que garanticen el acceso y ejercicio real de derechos para todos los miembros de nuestras comunidades. Una justicia que funja como mediadora, conciliadora y generadora de formas no violentas, es decir, pacíficas, de interacción, integración y organización social y, sobre todo, comunitaria. En donde la ausencia de derechos durante el transcurrir de la infancia y la adolescencia, así como las dinámicas violentas familiares y sociales que acompañan esta realidad, no sea la principal causa de la comisión de delitos entre adolescentes y jóvenes. Este proceso es responsabilidad de toda la sociedad y de las comunidades que la integran, una sociedad que tiene capacidad de actuar desde diferentes espacios, plataformas, tecnologías e investiduras pero que se ve atravesada por estigmas permeados de valores dados por el clasismo y el racismo, principalmente. La búsqueda de nuevas formas de convivencia e interacción social en el marco de una justicia no punitiva y no estigmatizante es realmente urgente en este país no sólo porque compartimos espacios y recursos, también porque las consecuencias negativas de que no sea así las vivimos y las padecemos todos.




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  • claudiaalarcon13

Llevo 6 años aprendiendo a acompañar a jóvenes que han cometido homicidio a un lugar en donde son capaces de mirarse a sí mismos en su condición de jóvenes que han dañado a la sociedad. La trayectoria nunca es igual con todos, no se trata de construir un método y probarlo sino de no olvidarnos de que ahí están.


Mientras más tiempo trabajo con ellos me parece más clara la importancia de saber verlos desde su subjetividad no desde un perfil, es decir, desde:


su uso del lenguaje sus resistencias sus quiebres inesperados sus autocensuras sus condenas sus ambiciones sus perversiones sus ternuras su cinismo sus temores sus expresiones machistas sus marcas corporales sus anhelos de infancia su mirada esquiva su crueldad su temor a no ser amados su desvalidez social su autodeterminación de consciencia.


Desde ahí parto y hacia allá me dirijo siempre. Mientras que para el exterior solo se trate de un taller o un intercambio de ideas, para mí, es aprehender lo verdadero con el cuerpo.

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