top of page

Actualizado: 29 dic 2025

El asesinato de un estudiante a manos de otro en el CCH Sur no es solo una noticia más, es un parteaguas que ha fracturado la percepción de seguridad y comunidad dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Más allá de las cifras y los reportes oficiales, es fundamental escuchar a las voces estudiantiles que revelan el impacto profundo, multifacético y duradero de este suceso. Este texto busca articular esas voces, no como un mero listado de preocupaciones, sino como un diagnóstico colectivo de los miedos, las dudas y las exigencias que habitan los pasillos, las aulas y las consciencias de la comunidad universitaria. Las siguientes reflexiones son resultado de un proceso restaurativo de tres días que realicé con mi grupo de primer semestre de licenciatura en una entidad de la UNAM. Es importante mencionar que en ningún momento del proceso y los ejercicios surgió algún tipo de inquietud o preocupación por la llamada cultura Incel (célibes involuntarios). Esto lo destaco por el énfasis que pusieron los medios y algunas autoridades universitarias en vincular el acto con esta subcultura. Las y los jóvenes reconocen de una u otra forma que la indiferencia hacia ellas y ellos por parte de la sociedad adulta es el principal factor generador de violencia en su generación. Los entrecomillados a lo largo del texto son citas textuales que ellos y ellas compartieron durante el proceso.


La pérdida de la seguridad y la confianza básicas


La escuela, en especial durante la preparatoria y la licenciatura, debería ser un espacio de relativa protección. Un intervalo vital donde la principal preocupación es el aprendizaje, la exploración intelectual y la construcción de la identidad a través de los intercambios, encuentros y desencuentros en un contexto de diversidades. El suceso en el CCH Sur dinamitó esa premisa fundamental.


El sentimiento más inmediato es, sin duda, el miedo. Una forma de miedo que ha dejado de ser abstracta para volverse personal y concreta: "Me preocupa que pude haber sido yo, un amigo, una amiga". Este temor contamina la experiencia diaria: el camino a la escuela se recorre con desconfianza, los compañeros dejan de ser solo colegas o pares, o potenciales amistades o parejas, para convertirse en potenciales fuentes de riesgo, y la misma aula, otrora un espacio de intercambio, se tiñe de ansiedad: "me preocupa sentir más ansiedad a la hora de relacionarme... por lo que puedo o no llegar a decir o hacer".


Este miedo se agudiza al comprobar que los protocolos de seguridad se perciben como insuficientes o burocráticos. La proximidad geográfica entre planteles, como CCH Sur y Ciudad Universitaria, fomenta la sensación de vulnerabilidad: "si pasó allí, puede pasar aquí". La demanda no es por más policías o controles tediosos, sino por una seguridad inteligente y preventiva que restaure la confianza, no que constriña la libertad.


Más allá del miedo: sobre la crisis de la empatía y la salud integral


Uno de los aspectos más reveladores de las respuestas es la aparición de un doble duelo: por la víctima y, algo inusual en las perspectivas adultocéntricas, por el victimario. "Me preocupa el abandono del joven que realizó dicho acto. ¿Cuánto vacío, soledad y dolor debió de cargar para llegar a eso?".


Esta reflexión es aguda y precisa pues el estudiantado identifica que el acto violento no nació en el vacío, sino que es el síntoma extremo de una crisis de salud mental generalizada, estigmatizada y desatendida como consecuencia de una evidente falta de empatía entre las personas que conformamos la sociedad. Señalan la "falta de un apoyo psicológico de calidad" sin obviar la paradoja de vivir en una sociedad hiperconectada pero hiperindividualista, donde el aislamiento y el dolor pueden fermentar en silencio hasta que algo las hace estallar.


La preocupación se expande en círculos concéntricos: no solo es el miedo a ser víctima de un acto aleatorio, sino la angustia de no saber identificar el sufrimiento silencioso en un amigo, un compañero de clase. "Me preocupa que gente que conozco puede estar pasando internamente por cosas similares y no saber identificarlo". Se vive con el peso de una responsabilidad social para la cual no se sienten equipados y capaces de responder.


La fractura de la comunidad y la desconfianza institucional


El suceso ha erosionado uno de los pilares de la vida universitaria: la confianza en la comunidad puma "afecta mi percepción de las personas porque antes pensaba que sólo me pueden lastimar personas de otros lugares". La violencia, al provenir de dentro, rompe un pacto básico de convivencia y cooperación. La decepción no solo es hacia un individuo, sino hacia la capacidad colectiva de cuidarnos.


Esta desconfianza se extiende hacia las autoridades. Hay un escepticismo profundo sobre la capacidad o la voluntad de la institución para responder de manera adecuada. La mayoría teme dos escenarios igualmente negativos: la inacción ("hacen caso omiso a los gritos de ayuda") o la sobrerreacción represiva ("la UNAM podría tomar medidas excesivas basadas en el miedo... dando una excusa para reprimir").


Los estudiantes no piden solo medidas punitivas; exigen un diálogo auténtico. Demandan ser parte de la solución, que sus pliegos petitorios sean escuchados y que la respuesta institucional no se limite a la seguridad física, sino que aborde las raíces del problema: el ambiente de narcomenudeo cada vez más enquistada en todos los espacios que habitan adolescentes y jóvenes, la violencia latente y la descomposición del entorno social que rodea a los planteles.


Cómo acompañarnos a ese lugar deseado


Lo sucedido en el CCH Sur es un espejo que refleja las grietas de la sociedad mexicana: la expansión de muchas formas de violencias, la desconfianza institucional y la fragilidad de nuestros lazos y vínculos humanos tanto en la vida privada como en la pública. Para el estudiantado, este hecho dejó de ser una "noticia más" para convertirse en una experiencia límite que redefine su realidad, su presente y su futuro.


El camino a seguir, según lo que ellas y ellos compartieron en este proceso restaurativo, no puede ser el de la vigilancia policial o autoritaria de los espacios, menos aún un pasar la página y dar paso a un olvido rápido. La solución debe ser integral y verdaderamente compasiva, lo cual implica:


  1. Reconstruir la seguridad entre los miembros de la comunidad desde la confianza no desde el control, con dinámicas sociales efectivas y consensuadas.

  2. Conscientizar en que la salud mental es en realidad un problema de salud integral y comunitaria desestigmatizando el sufrimiento y ofreciendo redes de apoyo accesibles.

  3. Fomentar una cultura de cuidado y cooperación dentro de las comunidades estudiantiles, donde el "otro" deje de ser una potencial amenaza para volver a ser compañera/o.

  4. Establecer canales de diálogo transparentes y horizontales entre estudiantes y autoridades, donde más que seguridad se busque un entorno de bienestar comunitario.


La herida en la comunidad es real pero en la lucidez de las reflexiones estudiantiles hay mucho que aprender, entender y construir. En ellas subyace la esperanza que este tipo de eventos no vuelvan a suceder y desde ahí se busca fortalecer una conciencia más aguda, una solidaridad más firme y una exigencia más clara por una universidad que sea, verdaderamente, un refugio para el pensamiento y un espacio seguro para crecer y desarrollarse intelectual, afectiva y socialmente. El desafío no es solo regresar a la normalidad, sino construir una nueva normalidad donde hechos como éste no solo sean impensables, sino estructuralmente imposibles. La tarea es de todos, y comienza escuchando a adolescentes y jóvenes como un grupo vulnerable que este suceso ha dejado al descubierto.




 

 
 
 

El pasado 14 de julio (2025) el INEGI publicó la Estadística sobre Personas Adolescentes en Conflicto con la Ley (EPACOL) en la que se reportan datos entre 2021 y 2023. El reporte completo puede consultarse en


Conversé con la periodista Patricia San Juan sobre el Reporte y las realidades que viven las personas adolescentes que sustenta estas cifras. Aquí la nota completa del El País.




 
 
 
  • claudiaalarcon13
  • 8 ago 2024
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 9 ago 2024


Acercarse al delito y el crimen desde las Humanidades puede llevarnos a transitar por terrenos fangosos, en donde cada paso es vivido como dilema, fascinante, pero dilema al fin y al cabo. El rumbo a seguir siempre es una decisión intuitiva, pues la consciencia delictiva no tiene rutas ni mapas establecidos. Este tipo de consciencia, la criminal, tiene más forma de proceso creativo que de manual de operaciones industriales. Si bien, la realidad física fija los límites para la comisión de un crimen, delito o daño, el ejercicio imaginativo delictivo es capaz de intervenir la realidad social y, en consecuencia, modificar la realidad física que da lugar a un delito. Este es, quizá, el principal obstáculo, y reto, que enfrentan disciplinas como el derecho penal o la psicología criminal. Por realidad física nos referimos al horizonte de posibilidades del cuerpo humano en su dimensión individual pero también colectiva, a lo que es capaz de lograr pero también de resistir o transformar.


El cuerpo humano encarna una realidad física que cobra sentido a partir de las muchas categorías con que nombramos nuestras posibilidades de “ser y estar” en el mundo. Categorías que a su vez son utilizadas para atribuir valores a otros cuerpos. Es por ello que consideramos que las relaciones entre quien comete un delito y quien lo padece constituyen un vínculo en tres dimensiones: interpersonal, intercorporal e intersubjetivo. Entender y estudiar este vínculo en estas tres dimensiones es fundamental para comprender el delito en nuestro tiempo. No entenderlo conlleva a creer que la Historia del crimen se reduce a un enfrentamiento, permanente, entre personas buenas y malas. Entre el pueblo bueno y el pueblo malo. Y es que la consciencia delictiva parece haber entendido la importancia de este vínculo y, por ello, actúa de formas crueles y despiadadas, desaparece personas, cuerpos, evidencias, deshumaniza cualquier forma de Otredad. No sólo para actuar con mayor impunidad sino para no dar lugar a otro tipo de consciencia que no sea la criminal.


El derecho penal reconoce esta relación bajo el binomio agresor/víctima a partir de la premisa de que el primero ejerce un poder mayor sobre la segunda para generar algún tipo de daño. Ante este escenario, el derecho penal ha optado por el castigo penitenciario como contrapeso para compensar ese desequilibrio de poderes que se materializa en forma de daño. Sin embargo, esta forma de operar ante el delito y el crimen presenta dos problemas. Por un lado, invisibiliza la responsabilidad de las personas que conforman el aparato institucional del Estado con todas sus fallas y, por el otro, no contribuye en nada a transformar o intervenir la realidad física y social en que se gesta la experiencia delictiva.


Por su parte, la consciencia delictiva o criminal se mantiene creativa, ya sea que construya nuevos delitos o, bien, otras formas de perpetuar el daño y los delitos que ya conocemos. Un verdadero trabajo de inteligencia estatal tendría que apuntar también a estudiar estos procesos, a estudiar los factores de vulnerabilidad y riesgo que presenta una realidad física y social que cambia y se transforma permanentemente. Debería trascender el perfil del delincuente precarizado económica y educativamente como blanco de ataque. El Estado y sus fuerzas armadas deben dejar de asesinar personas como quien mata cucarachas en un basurero e ignora que el problema de la infesta está en el manejo y administración de los desechos que son caldo de cultivo para la plaga. Es urgente movernos más allá de los estereotipos que ha construido la psicología criminal porque detrás de un cartel criminal o de una red cibercriminal puede estar prácticamente cualquier persona, cualquiera.


Acercarse a la consciencia delictiva nos exige construir otras rutas de trabajo en materia de seguridad y pacificación del país, no sólo penales. Es urgente hacerse otro tipo de preguntas. Pensamos en las Humanidades como vía de acceso para estudiar y entender a la consciencia criminal de nuestra época. Necesitamos abrir paso a una fenomenología del delito, del daño, de la corrupción y del conflicto que nos permita identificar y entender el punto de no retorno moral de esta forma de consciencia, pero también los dilemas que ésta enfrenta; entender la experiencia afectiva frente al cuerpo asesinado, frente al castigo, frente a la muerte violenta inminente, frente a la vida breve, frente al abuso sexual o físico sobre el otro; conocer la experiencia subjetiva de quien reduce su cuerpo a ser un arma letal o un escudo, de quien renuncia al goce de tener una vida pacífica y plena. No entender esta realidad física y social, o sus consecuencias existenciales, no trascender el punitivismo y no mirar lo que nos hace auténticamente humanos en la experiencia íntima interpesonal e intersubjetiva significa renunciar a toda forma de amor, incluida aquella que nos arraiga a la vida misma y concede instantes de insoportable felicidad tanto individual como colectiva. Y, si lo pensamos detenidamente, ese tipo de felicidad no es poca cosa.


 
 
 
Join My Mailing List

Thanks for submitting!

© 2020 by Claudia Alarcón Z.  

bottom of page