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  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 14 abr 2022


El misterio de la escritura es que no hay misterio solo miedo a hurgar dentro de sí, de ella, de nosotros. Nos acobardamos ante todo lo que nos transparenta. Y es que la escritura es voltearse hacia el mundo y quedar expuesto ante todo lo que humanamente es imposible controlar. Es darse vuelta como se le da vuelta a la ropa para secarse al sol. Nos deja prístinos, ligeros, con arrugas, esas marcas que deja el paso del tiempo en su manifestación en movimiento: el viento. Viento que nos impulsa a recorrer, sin prisa y sin miedo, los caminos que otros han trazado antes que nosotros. Caminos con los que hemos idealizado que la Tierra es un lugar abierto, infinito, interminable.


Es así que de la forma más cerrada que conocemos, la esfera, descubrimos el misterio de la escritura que está contenida en el número π y es que la escritura es infinitesimal. Avanza, se mueve hacia el centro de nosotros, hasta que implota para ver nacer universos auténticos, discretos e irrepetibles. Nosotros somos la escritura, nuestros sueños sus metáforas, nuestras pasiones sus hipérboles, nuestro nombre la anáfora que se repite una y otra vez en voz de los otros y nos mantiene de pie, erguidos en nuestro propio campo gravitacional, fijos a la tierra. Así nacieron las primeras raíces de los árboles. La escritura es la única revolución en la que se gana viendo nacer y vivir a otros. Y es por eso que escribo, para saber que todavía no hemos muerto.

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  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 19 may 2020


La reconciliación con nuestra naturaleza errática puede ayudar a que surja la confianza en donde se cree perdida. La confianza, sin embargo, es un atributo que está de sobra, es una entidad cruel, hace que perdamos la habilidad de sentir compasión por nosotros mismos, nos prohíbe equivocarnos. Ha tenido un papel importante, aunque no necesariamente satisfactorio, en la construcción de la lógica social como la percibimos pero eso no le quita su crueldad, solo la evidencia.


El exceso de confianza nos ha hecho creer que las fronteras, las distinciones (de clase, religión, nacionalismo, lengua, ideología) hacen mejores a las personas. Distinciones que no son más que violencia materializada.

Contra eso luchamos día a día y en esa lógica nos construimos como sujetos violentos, principalmente contra nosotros mismos. Y ahí es en donde el ego, en tanto idea falsa de nosotros mismos, toma el control sobre nuestra consciencia y la limita.



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  • claudiaalarcon13
  • 16 may 2020
  • 1 Min. de lectura

Crónicas sobre la pobreza y el encierro. Conversaciones con adolescentes en reclusión.



G cometió su primer homicidio a los 12 años. Lo primero que me vino a la mente cuando me cuenta de la primera vez que mató a un hombre fue ¿quiénes son sus padres? Me dice que siempre vivió con su madre y su hermana menor y que de su padre prefiere no hablar. Veo que hace un enorme esfuerzo por sostenerme la mirada.


(Interludio 1)


La primera vez que le di clase a G, entró al salón, dio un fuerte puñetazo en la pared y se sentó en una banca justo frente a mí. Miraba ansioso a todos lados, fingiendo ignorarme, dejé que se hiciera evidente el silencio y después de varios segundos le dije:


Yo: ¿Por qué no me ves a los ojos?


G: “Si te veo a los ojos te vas a ir, no te va a gustar lo que vas a ver, te va a dar miedo”


Yo: Miedo de qué.


G:   De mí. Yo soy el diablo.


Con cuidado, estiré la mano y la puse suavemente sobre su antebrazo y le dije: “Deja que yo decida si debo tenerte miedo o no”.


Me miró fijamente por varios segundos con intención altiva y, entonces, decidí no tenerle miedo, sonreírle y empezar con la clase.



 
 
 
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© 2020 by Claudia Alarcón Z.  

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