• claudiaalarcon13

El último concierto

Actualizado: 19 de dic de 2020


Entro a la prisión y logro identificar la música que proviene de un viejo estéreo sobre una de las bancas del patio: “Emperador” de Beethoven. Pregunto a uno de los jóvenes de quién es la música. Me responde con una risa burlona “pus de quién va a ser, del P”.


Me acerco a la música para escuchar mejor mientras espero a que el resto de los jóvenes salga de sus dormitorios. Hay un ambiente hostil en el Centro ese día. Minutos después sale P y camina hacia mí y la música.


Con P tengo una relación muy reservada. Es un hombre carismático, con aparente seguridad de sí mismo pero muy violento. A punta de amenazas y golpes impone su voluntad dentro del Centro. En una ocasión, casi me da un golpe por un ridículo desacuerdo relacionado con el futbol, otro joven intervino y ahí acabó todo. Aún así es posible conversar con él de vez en cuando, sólo es cosa de saber identificar el momento.


Se sienta en la misma banca, sólo nos separa el estéreo que sigue tocando ‘Emperador’ y le pregunto:


— ¿Es tuya la música?


— Mi papá era un hombre estudiado que escuchaba esta música— responde.


— ¿Y dónde está tu papá ahora? — pregunto con un poco de temor a su reacción.


— Se fue cuando yo era un niño con otra familia— gira altivamente la mirada al otro lado.


— ¿Sabes cómo se llama ese concierto?


— No, sólo sé que es Beethoven, ¿cómo se llama? — me regresa la mirada retándome a que le diga el nombre.


—Emperador, se llama Emperador, a mí me gusta mucho.


— Ah, pues ahora me gusta más — me dice con risa burlona espontánea.


—Y a tus compañeros les gusta tu música.


—Me vale madre, esos putos sólo escuchan José José.


La conversación continuó. Es difícil acercarse a él y hablar pero, ese día, Beethoven allanó el canal y hablamos por casi 50 minutos sobre la breve presencia y larga ausencia de su padre en su vida. El padre a pesar de haberlos abandonado tras irse con otra familia, seguía manteniendo ante los ojos de P la investidura moral de un héroe épico. De su madre me habló en otra ocasión, una mujer cuyo mayor logro, "a pesar de no saber leer ni escribir", decía P, había sido convertirse en afanadora de baños “en una tienda del ¡Sr. Carlos Slim!”, repetía P, con evidente orgullo.

Después de un par de meses de ese encuentro, una mañana entro al patio y escucho a lo lejos Y es que todos sabemos querer pero pocos sabemos amar, sonrío y recuerdo las palabras de P, mientras camino hacia el grupo de jóvenes que ríen y bromean juntos en el patio.


En ese momento, sin preguntar, supe que P había dejado la prisión. Meses después me enteré por el periódico que P había muerto en un enfrentamiento entre la policía y la gente de su grupo criminal. Todo ese día, sonó en silencio en mi cabeza, Emperador, el último concierto de Beethoven.

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